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Remesas y Holgazanería, una valoración simplista de un fenómeno complejo

Por Xiomara Peraza *

Apareció publicada hace dos años en un editorial, pero la frase sigue indignándome igual. Me refiero a estas palabras del editorialista de El Diario de Hoy: “Empleo hay y mucho, pero sobra gente que prefiere vivir de las remesas y holgazanear, que tomarlo”.

Luego le oí algo similar a la ex-procuradora de Derechos Humanos, Beatrice de Carrillo. En una conferencia internacional sobre migración en la Ciudad de México, dijo que las remesas ‘se perdían en consumo’ y eso aumentaba el “parasitismo”. Se quejaba de que no hubiera salvadoreños para las cortas de café.

Recientemente, lo volví a leer en una noticia de El Diario de Hoy: “Una de las razones por las que mucha gente, sobre todo en el campo, no quiere trabajar es sencillamente porque sin hacerlo recibe remesas familiares que suman casi el doble del salario mínimo mensual”.

Este discurso que se repite en distintos escenarios sigue una lógica muy simplista: la gente del campo no quiere trabajar y se la pasa esperando sus remesas.

Podría intuirse que eso está ocurriendo a partir de la creciente cantidad de nicaragüenses, guatemaltecos u hondureños que llegan a El Salvador en épocas de corta de café o zafra de caña, por ejemplo.

No hay mano de obra salvadoreña suficiente, dicen algunos, lo cual es muy diferente a decir que los salvadoreños que viven en el campo son haraganes.

Otros esgrimen un argumento distinto (y El Diario de Hoy lo publica contradiciendo información de sus mismas páginas): “Son atraídos por la economía dolarizada y sólida”, declaró a un periodista el subdirector general de Migración, Pablo Nasser.

Es decir, los centroamericanos, principalmente nicaragüenses, llegan a El Salvador atraídos por las diferencias salariales, causantes de movimientos poblacionales en varias partes del mundo. Buscan empleos mejor remunerados que no encuentran en sus países de origen.

En el caso de los nicaragüenses hay que mencionar también que su destino más común hace pocos años fue Costa Rica, que les está haciendo su entrada y permanencia cada vez más difícil. Por esa razón, aquellos están buscando nuevos destinos, como El Salvador.

Una perspectiva crítica sobre la relación entre remesas y holgazanería en el campo salvadoreño hablaría, por ejemplo, de los tipos de empleo que ofrece nuestro país y las remuneraciones.

Mucha gente desprecia los trabajos disponibles en el país precisamente por los bajos salarios que se ofrecen. Pensemos en los $157.25 que reciben las empleadas de las maquilas al mes.

Los flujos migratorios siguen sus leyes: los nicaragüenses y hondureños buscan mejores salarios en países como El Salvador, mientras los salvadoreños buscan lo mismo en Estados Unidos.

Hace varios años, un estudio antropológico planteó que, más que hablar de ‘haraganería’, deberíamos pensar en que los campesinos, por ejemplo, “no están reproduciendo las expectativas de su clase”, es decir, no se conforman ya con heredar la vocación agraria de sus padres y abuelos. “Han pasado a esperar salarios más altos como resultado de la dolarización de la economía”.

Otra vena que se puede explorar es la de la (precaria) situación de la agricultura en El Salvador y ahí estaríamos acercándonos cada vez más a la raíz de todos los fenómenos que tan simplistamente se le atribuyen a las remesas o a la migración en la actualidad.

Una esperaría que el fenómeno de la migración internacional se abordara con más seriedad en todos los foros posibles. Que se hable no solo de la supuesta tendencia en los hogares receptores de remesas a la improductividad.

Que se hable también de lo que afirma la economista Sarah Gammage: el Estado y las elites salvadoreñas han adoptado una “emergente estrategia de desarrollo” basada en la “exportación de personas”, tras el declive de los precios de exportación de los productos no tradicionales y el fracaso de la industria ensambladora.

Exportar personas se ha convertido en una estrategia crecientemente viable para el reclutamiento de divisas extranjeras, la reducción de la pobreza y la inyección de nuevo capital al sector financiero”, explica la economista.

Planteado en estos términos, puede considerarse también la holgazanería de otros actores, a saber, los sucesivos gobiernos y sus funcionarios que no han sido capaces de implementar reformas estructurales que fortalezcan la economía nacional, sino que se apoyan sin más en los millones de dólares que entran en forma de remesas familiares, como si fueran a ser eternas.


*Salvadoreña residente en México - Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa

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2 comments :

  1. Me parece bastante atinado el análisis. Yo agregaría que, además de incapacidad de los funcionarios públicos y de los sectores económicos a los que representan existe poca voluntad e, incluso, intenciones interesadas para, precisamente, no activar de forma suficiente ciertos sectores de la economía. Los tratados de libre comercio, me parece, hacen mal a la economía del país, pero benefician a algunos.



    El famoso "salvadoreño trabajador" (como muchas personas nos llaman) ha decido seguir trabajando duro, pero ya no con las remuneraciones que lo mantienen y lo sumen cada vez más en la pobreza extrema. Parece que ha optado por buscar, por cuenta propia, ingresos mejores que, en muchos casos, benefician más a sus familiares en El Salvador que a ellos mismos en los Estados Unidos.



    Acusar de "haragán" a trabajadores a quienes "no les sale la cuenta" ir a trabajar por $ 157.25 es realmente simplista: si tiene que abordar 4 ó 6 autobuses al día (el pasaje oscila, en la zona urbana, entre $0.25 y $0.40 centavos de dólar), el alimento, el vestido, los descuentos, etc., lo que gana le sirve casi solo para mantenerse trabajando y lo que lleva a su casa, a su familia, termina siendo demasiado escaso.



    Qué bueno sería ahondar más en estos temas. ¿Cómo salen adelante, en el día a día los salvadoreños y salvadoreñas que trabajan por $4.00 al día, en la maquila o aquellos que ganan menos de $1.00 al día en el campo?



    Claudia Campos

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  2. El análisis de los medios tradicionales no sólo es simplista, sino malintencionado y trasnochado.

    Simplista, porque nuestra gente emigra, ya no por puras diferencias salariales y lo que sostienen las teorías económicas sobre la migración. Se van porque en su tierra no encuentran ni un Estado que promueve y facilita el desarrollo con políticas públicas que respeten el derecho al trabajo digno y el salario adecuado según la productividad del trabajador, ni un sector empresarial moderno y competititivo que demande mano de obra a salarios atractivos.

    Malintencionado, porque encubre el "negocio de la historia" que con las remesas ahora puede hacer los sectores financiero y comercial, que con las comisiones y depósitos nuevos, ha encontrado una fuente "barata" para financiar sus empresas y proyectos. Pregúntenle a Western Union o a cualquier banco o lotificadora del país.

    Trasnochado, porque esa visión despectiva, propia de quien ve desde arriba a la gente que no es de su círculo, es miope. Desconoce el hecho que el salvadoreño se ha transnacionalizado y adoptado nuevos códigos de ética y comportamiento. No es que no quiera trabajar, no quiere seguir en la misma.

    Para una muestra, un botón. La reducción de la pobreza que cacarean sectores oficiales se debe al uso de las remesas en educación, salud y vivienda, más algunas empresas pequeñas, de quienes las reciben, no resultado de políticas explícitas.

    El consumo es para vivir y si ha habido pocas opciones de inversión, es porque a los pescadores en río revuelto no les interesa propiciar nuevos emprendimientos, como política. Es mejor para ellos quedarse con el remanente para su provecho. Las obras que se han llevado a cabo con las remesas son por iniciativa de los que las envían, en la gran mayoría de casos.

    Migrar siempre ha sido una estrategia para salir de la pobreza, lo hicieron los Irlandeses después de la hambruna del siglo XIX, hoy nos toca a nosotros por no encontrar el entorno apropiado donde nacimos.

    Eso si, vayamos pensando en que no son eternas y qué vamos a hacer con ellas a medida que se reduzcan. Irse ya no es tanto en razón de quererlo sino en la medida que las políticas de inmigración de los países de destino lo permitan, y son cada vez más excluyentes como de donde venimos.

    Carlos Imendia

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