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El Salvador, Las "cachiporristas" y el asunto femenino

Las "cachiporristas" y el problema femenino
Por Carlos Abrego

El asunto de las “cachiporristas” no es tan baladí como lo piensan algunos. Es cierto que si desfilan o no, en nada va incidir en el nivel de vida de los salvadoreños, ni en el curso de los valores de la Bolsa. Esto es cierto.

No obstante tal cual ha sido abordado, desde el ángulo que han adoptado los que han reclamado la prohibición y al que se han referido los que redactaron la circular del Mined, me parece que atañen a un problema mayor de la sociedad salvadoreña: el puesto de la mujer y los peligros que acechan a nuestras muchachas de parte de proxenetas y organizaciones de tráfico infantil.

No hace mucho una mujer denunció los abusos sexuales que ha sufrido por parte de un superior en el trabajo, esta denuncia fue atacada por un miembro del gobierno porque la consideró tardía, interviniendo en un asunto que está en manos de la justicia; en muchos comentarios que circularon en distintos foros, la mayoría ponía en duda la sinceridad de la denunciante. Solo pocos hombres y algunas mujeres intervinieron en su favor. Ningún personaje oficial intervino para defenderla y protegerla. Nadie aludió a la dificultad, en nuestra sociedad machista, de discriminación hacia las mujeres, la dificultad que experimentan las mujeres de denunciar el acoso sexual que sufren en las oficinas y en los talleres, en general en los lugares públicos.

Comúnmente la sociedad entera tiende a culpar a las mujeres por estos actos cometidos en contra de ellas, como si su conducta, su modo de vestir, incluso su belleza, fuera suficiente para perdonar al abusador. Los hombres tienen derecho al manoseo, a las palabras soeces, alusivas o directas, a todas las ofensas. Las mujeres tienen que aceptar esos “piropos”, esas “caricias”, y por qué no, acceder a los deseos de los hombres. La mujer que se arma de coraje y denuncia al hombre que la ha acosado sexualmente, corre siempre el riesgo de ser sospechada de calumniadora, de querer vengarse, en fin de cuentas, quiere ocultar su propia culpabilidad.

Todos sabemos que esto ocurre, si no somos hipócritas, sabemos perfectamente que en nuestra sociedad estas conductas masculinas son admitidas, no son juzgadas como reprensibles. ¿Para evitar estas conductas les vamos a pedir a nuestras mujeres que se queden en sus casas, que cuando salgan de sus hogares, se vistan ocultando toda su feminidad? ¿Qué es lo que tiene que cambiar? ¿Qué es lo que tiene que ser reprimido con fuerza?

En realidad, en vez de acusar a las mujeres denunciantes, la sociedad tiene que crear las condiciones que las proteja, que no sufran un nuevo atropello, evitando poner sistemáticamente en duda su palabra. Pero más allá de esto, lo que hay que extirpar de nuestra sociedad es la conducta inmoral de los hombres respecto de las mujeres. Abandonar el presupuesto que la simple presencia de una mujer es de por sí una incitación a ejercer sobre ella ese tipo de violencias. ¿Cómo llegar a extirpar estas conductas? Pues obligatoriamente con la educación, educación de los adultos y formación de nuestros jóvenes.

Pero en el caso de las “cachiporristas” el asunto se ha abordado de tal manera, como si ellas fueran la causa del acoso de los traficantes y proxenetas. Se ha agregado que se trata de una manifestación denigrante de su condición femenina. ¿Es por el hecho de que muestran sus piernas? ¿Es acaso la única vez que lo hacen? En las playas, en las pistas de atletismo, en las canchas de diferentes deportes, también muestran sus “atractivos”. ¿Acaso no vienen hombres a verlas, a los cuales se les puede cruzar por la cabeza alguna idea procaz? Acaso a los espectáculos deportivos no pueden asistir los mismos personajes, a los que se ha aludido en los desfiles de las “cachiporristas”.

No obstante se ha hablado de cosas peores, que nada tienen que ver con los desfiles mismos. Del acoso, del tráfico que se realiza en la selección de las “cachiporristas” y de posibles manoseos de profesores, de directores e incluso se ha hablado que desde ahí pueden sufrir otro tipo de atropello mayor. Pero si las autoridades han tenido noticia de ello, ¿por qué no han intervenido para castigar el delito? ¿Por qué cambian de tema y de lugar de discusión? Ya no son los desfiles el problema. El problema reside en un delito, que puede tener lugar, incluso si se suprimen los espectáculos de las “cachiporristas”.

Pero al mismo tiempo se ha hablado que la actuación de las “cachiporristas” en sí es denigrante para la imagen de la mujer. Se ha hablado de ampliar la prohibición a las elecciones de las Reinas de Belleza que tienen lugar en muchos lugares del país. Se ha afirmado que tanto en unos como en los otros espectáculos se exhibe el cuerpo femenino como un objeto sexual.

Me parece necesario hacer algunas consideraciones. En primer lugar, ¿estas dos actividades son acaso las más graves en las que el cuerpo femenino se vuelve en objeto sexual? ¿Acaso el cuerpo femenino no es usado en la publicidad de forma más denigrante? Porque el cuerpo femenino en esos momentos no tiene otra relación al articulo en venta que su cuerpo. Esto sucede en revistas, en la televisión, en las vallas, etc. Y esto es cotidiano. Las autoridades que con tanta celeridad condenaron a las cachiporristas y a las madrinas de los equipos, los concursos de belleza, no se han referido a esta mercantilización del cuerpo femenino. Será porque en este caso se enfrentarían con un adversario poderoso, el mercado, el sacrosanto mercado.

Me parece que en esto ha habido mucho humo, mucha ligereza, poca reflexión. De nuevo el carácter autoritario de nuestros regímenes vuelve a salir a flote. En primer lugar desde un puesto del Estado se sentencia, se decide y luego van a “dialogar”. La decisión está plagada de todo eso, de una estupefaciente superficialidad, los motivos alegados condenan a las posibles víctimas de ser el origen del crimen. En segundo lugar constatan que la liviandad de los argumentos han sido rechazados por buena parte de la población, entonces dan medio paso hacia atrás con el pie izquierdo, pero con el derecho fijo en la prohibición para el próximo año. Mientras tanto las autoridades han declarado que van a “dialogar” con los “sectores” interesados y concernidos directamente. La palabra “dialogo” en el discurso burocrático no significa “escuchar”, se trata de “explicar” que la decisión tomada es la única posible. Las familias y las estudiantes que deseen ser “cachiporristas” tendrán que acatar la sabiduría de sus dirigentes. Parece que los profesores y maestros tendrán que ayudar a convencer, aunque tal vez piensen de otro modo.

No se les ha ocurrido que si existe algún problema, que hay gente que considera esto degradante para las jóvenes, esto proviene más de la “mirada ajena”, más que de los ejercicios y malabares de las muchachas. En vez de prohibir pudieron incluso promover dentro de los centros escolares, clases de bailes rítmicos, gimnasia, danzas diversas. Pudieron abordar el problema de la vestimenta, de transformarla, de variarla, en fin pudieron tener un poco más de respeto con la gente.

Pero si existe un problema moral, ético, entonces la imposición es más grave aún, pues los valores se inculcan, no se imponen. Si realmente existe un problema ético tienen que discutirlo con la población y tratar que sea aceptado por la comunidad la existencia de un problema, que se tome conciencia y que el valor ético propuesto se acepte.

La superficialidad de los funcionarios del Estado ha quedado manifiesta. Pero al mismo tiempo hay una pizca de desprecio hacia las clases populares y sus “diversiones” de poco gusto. Estos desfiles no son totalmente autóctonos, no son la transformación de una vieja costumbre nuestra, es cierto. Ha sido una costumbre importada, viene de afuera, no obstante su enraizamiento en la tradición festiva salvadoreña la ha trastocado y ya se ha vuelto una costumbre nuestra. Su origen extranjero no debe de servir de pretexto para el estigma. Porque entonces nos quedamos ya sin nada. Son tantas las cosas que nos llegan de afuera y las asimilamos, que si las abandonamos, nos quedaríamos sin cultura.

Imaginemos un país sin instrumentos musicales, sin ropa, sí, sin ropa, la mayoría de trajes que usamos no fueron inventados en El Salvador, sin cubiertos, sin platos, sin alumbrado eléctrico, ni nada que tenga que ver con los avances de la ciencia. Pues son muy pocas las cosas, si es que existen, que fueron inventadas entre nosotros. Me refiero a inventos y descubrimientos científicos. Todo eso ya constituye nuestra manera de ser. Lo que somos es todo lo que hemos hecho nuestro.

Nos llegaron del Norte estos ejercicios con las batutas, pero bien pudieron haber llegado los desfiles carnavalescos del Sur, con sus exuberantes mujeres mostrando totalmente sus piernas y sus amplios escotes, con movimientos sensuales. Pudimos conservar los disfraces indígenas e incluso combinarlos con los europeos, como sucedió en más de alguna fiesta patronal. Nuestra historia se ha hecho en contacto con los países del Norte, México y Estados Unidos y su influencia en nuestra vida es innegable. No todo ha sido positivo. Ni todo ha tenido las mismas repercusiones en nuestras vidas. De los Estados Unidos hemos sufrido cosas peores que la importación de las “cachiporristas”.

El asunto de la dignidad femenina merece otra cosa, otro nivel, medidas serias en la educación de nuestros niños y nuestras niñas. En la urgente reeducación de los adultos, en medidas reales para que se respete a la mujer en sus trabajos, en los lugares públicos, en los transportes, etc. Es urgente promover campañas por la igualdad entre los sexos, en todo lugar y en todo tiempo. Es necesario emprender campañas en contra de la violencia intrafamiliar, que es una fuente de sufrimiento mayor de nuestras mujeres y un ejemplo nefasto para los niños que viven en esos hogares.

Del blog de Carlos Abrego
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