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A pesar del paro federal en Washington, la lucha por la Reforma Migratoria sigue

Dramático llamado en EUA por reforma migratoria
Por Héctor Silva Ávalos*

Miles de personas se concentraron en Washington, D. C., ciudad semiparalizada, para exigir que se apruebe ley.

Unas 200 personas, entre congresistas, trabajadores, estudiantes y amas de casa, fueron arrestadas ayer al final de una jornada de protesta ante el Congreso en Washington, cuya cámara baja aún no aprueba una ley de reforma migratoria que abra el camino a la legalización de 11 millones de indocumentados, la mayoría de origen latino.

La mayoría de los detenidos eran indocumentados que habían participado en una multitudinaria marcha que concluyó con una demostración de desobediencia civil en el costado sur del Capitolio.

El congresista Luis Gutiérrez, demócrata de Illinois, y otros siete de sus colegas, así como Julian Bond, un legendario activista de los derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos, encabezan la lista de detenidos.

Ellos, a diferencia de la mayoría de arrestados, tienen sus papeles migratorios en regla. El caso de Jenny Varela, una mexicana de 34 años, es diferente.

Ella arriesgó un visado temporal que la Oficina de Ciudadanía y Servicios de Inmigración (USCIS, en inglés) le dio por ser víctima de un delito de violencia doméstica para, como dijo ayer, “dar un empujón más” a la reforma migratoria, esa ambiciosa enmienda legal que no termina de cuajar en Washington víctima de cálculos políticos y un sinfín de retrasos que han dejado en el limbo la ley S. 744 aprobada por el Senado en junio pasado.

El proyecto del Senado, que en esencia abre el camino a la legalización y a la militarización de la frontera de Estados Unidos con México, debe seguir su camino de formación de ley en la cámara baja, dominada por los Republicanos. Ahí hay dos posibilidades: que la cámara apruebe la versión llegada del Senado, con o sin enmiendas; que la cámara pase su propia versión y esta se fusione con la del Senado en una conferencia bicameral. 

Lo que ha sucedido hasta ahora en la cámara baja es que Bob Goodlatte, un republicano moderado de Virginia que preside el comité judicial, encargado de confeccionar las leyes, ha propuesto un proyecto más modesto que incluye un proceso de legalización para hijos de migrantes indocumentados a quienes sus padres trajeron a Estados Unidos, es decir, una versión menor del “Dream Act”. Esta propuesta, dinamitada por los sectores más conservadores del Partido Republicano que se oponen a cualquier formato que implique legalización, está bloqueada.

La semana pasada, un grupo de representantes demócratas, presidido por Nancy Pelosi, líder de la minoría en la cámara baja, presentó una propuesta parecida a la del Senado. Esta iniciativa tampoco cuenta con los votos necesarios para pasar por el tamiz republicano.

Washington semiparalizado

Pelosi estuvo ayer en la marcha que varias organizaciones pro migrantes, entre ellas Casa en Acción basada en Maryland, organizaron en el “Mall” de Washington.

Aunque la de ayer fue una marcha parecida a otras que ha habido en la capital de Estados Unidos, había en el ambiente algunas energías diferentes. Era acaso que Washington lleva una semana de estar parcialmente cerrada por el “impasse” político y presupuestario entre Demócratas y Republicanos que ha obligado a cerrar varias oficinas federales. En ese ambiente, la reforma migratoria ha quedado relegada en el calendario. 

Antes que Pelosi habló Bob Menéndez, senador cubano-americano de Nueva Jersey miembro del Grupo de los 8, a quienes se atribuye la redacción de la reforma como existe ahora. Y luego Ileana Ros-Lethinen, también cubano-americana, congresista republicana de Florida, quien aprovechó la tarima para, además de presentarse como una abanderada pro migrante, echar chispas contra Fidel Castro, su villano favorito.

A todos los políticos el público respondió con aplausos educados. Pero fue a Pelosi a quien hicieron el mejor guiño luego que la representante de California se despachara este renglón: “La sangre de inmigrantes corre por nuestras venas… Ustedes hacen de América más América”. Desde la grama del “Mall”, el rugido: “Sí, se puede, sí se puede”. Pelosi respondió en español el estribillo.

Ayer, en la marcha había también una energía que parecía surgir del cansancio, del hastío de gente que, como Jenny Varela, ya lo dio todo por su familia en este país al que vino, como todos, “a buscar algo mejor para mis hijos”. Varela vino en 2004 con un niño de ocho años y tuvo aquí a una pequeña que hoy tiene cuatro. “Puedo perder mi visa y ponerlos en riesgo, pero hay que hacer esto, hay que empujar. Es que ya basta”, decía frente a la tarima que, entre el edificio del Capitolio y el monumento a Washington –la “aguja” en la jerga latina de la capital–, se disponía a recibir a Los Tigres del Norte, el legendario grupo mexicano que ha puesto, como pocos, la banda sonora a la migración.

“El gringo terco a sacarnos y nosotros a volver…”/“Que me canten/El himno de mi patria 10 veces/O me muero dos veces/Si me entierran acá…”

El acordeón. Inconfundible. De paisano a paisano, la segunda rola de un concierto en el que Los Tigres del Norte se despacharon con 11 de los temas de su discografía más relacionados con la migración. Ni los discursos de los políticos. Ni las consignas. Las letras de Los Tigres, tarareadas a ojos cerrados por los mayores y bailadas a sonrisa plena por los más jóvenes, pusieron el punto más alto de energía positiva en la marcha.

Varela, mexicana que se hizo arrestar junto a dos centenas de indocumentados al final de la jornada, vivió cada una de las letras. Las cantó. Las gritó. Ella era parte del personal de apoyo del concierto, lo que le valió para ver al grupo en primera fila. Más allá, tras la primera barrera de vallas de metal, otra mujer de tez morena, banderita de barras y estrellas alzada en su mano derecha, cerraba los ojos cuando el grupo entonaba “Los hijos de Hernández”, una balada en la que Los Tigres hablan de los hijos de migrantes que se enrolan en el Ejército de Estados Unidos.

También hablan, estas líricas, del “Mojado acaudalado”, ese migrante que, ya forrado de dólares, se despide de California, Nevada o Las Vegas, para regresar a su tierra. O, en “Mis dos patrias”, en la que se resume eso de lo que se habla cuando se habla de “Dream Act”: los padres que vienen de la patria madre para tener a sus hijos en una patria extraña que para ellos será madre: “No me llamen traicionero/Que a mis dos patrias las quiero”.

Al final, a falta de las últimas dos canciones, Los Tigres hacen un alto para presentar a Alicia Silva, una activista que en 10 minutos resumió la crudeza que hay en cada uno de los rostros que esconde la migración de indocumentados. Alicia vino hace ocho años. Su sobrino fue deportado a México a pesar de que aplicaba a la Acción Diferida que la Casa Blanca aprobó en 2010 para jóvenes estudiantes (el DACA). En Maryland, el joven dejó un hijo pequeño. Desesperado por ver a su bebé, el sobrino de Alicia volvió a aventurarse, sin papeles, por el desierto de Arizona. Alicia lleva cinco meses sin saber de él. “No somos criminales. Solo somos humanos a los que nos corre sangre por las venas”, grita con el llanto derramado Alicia mientras Los Tigres, compungidos, escuchan en la tarima. Alicia se recompone: “Sí se puede”, se despide. Los Tigres le entran de nuevo al acordeón.

Jenny Varela se dispone a caminar hasta el Capitolio, un kilómetro al este, para ejercer la desobediencia civil. En el Washington semiparalizado, la reforma migratoria de los políticos, al parecer, puede seguir esperando.

Fuente: LPG 
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