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Fake World, de Donald Trump

Donald Trump, presidente de Estados Unidos EFE
Fake World
ANTONIO NAVALÓN

La manera de vivir al margen de la realidad de Trump hubiera dado en tiempos de Freud abundante material de análisis

A Donald Trump y a los suyos les debemos la propagación de una extraña tendencia, vieja pero con nueva denominación: las “noticias alternativas” (fake news), también conocidas como posverdad; en resumen, todo aquello que al magnate no le gusta o no le encaja. Su negación o tergiversación de la realidad empezó a ser una constante desde su misma toma de posesión, que convocó, como demostraron las fotografías, a menos asistentes que las de Obama en 2009 y 2013, aunque él afirmó que las imágenes habían sido manipuladas. Entonces, debimos aprender que eso solo era el comienzo y sería la marca de la casa.

Goebbels nos enseñó que una mentira repetida mil veces termina por convertirse en una verdad. Los medios de comunicación viven hoy una situación esquizoide y son un poco como el paranoico al que persiguen: ya no cuentan como antes, todo es relativo, la verdad depende del punto de vista o de la ideología de cada cual y lo que consideran negativo tiene mejor prensa entre la gente que los valores democráticos.

¿Estamos acaso ante una crisis generacional? ¿O ante una crisis entre la realidad y la ficción? ¿En un nuevo mundo o en uno falso? Me asombra la desfachatez de los que se atreven a negar la realidad porque, a fin de cuentas, pertenezco a una generación que alguna vez se atrevió y fue capaz de romper lo inimaginable. Por esa razón, siempre he mantenido que cada generación tiene derecho a equivocarse.

La herencia que está dejando Trump al mundo, esta nueva manera de vivir al margen de la realidad, ajustándola o negándola, hubiera dado en tiempos de Freud abundante material para el análisis y varios miles de libros. Sin embargo, en este siglo XXI donde impera la tecnología, el reino de Twitter y el universo de Facebook, solo es una expresión de los profundos cambios que se están gestando en estos tiempos.

Trump utiliza las armas de generaciones anteriores para atacar la realidad y llamar mentirosos y falsos a todos aquellos que presentan datos o informaciones que no le convienen. Y luego está una nueva generación que salta por encima de todo eso y vive rompiendo los límites.

Al final, tanto los que se van como los que llegan son esclavos de la tecnología. Ya no hay un mundo en The New York Times o en EL PAÍS, ya no hay un mundo en otros periódicos porque nadie pudo imaginar, ni en sus más increíbles sueños, que los medios de comunicación perderían el dominio y la distribución de la información en favor de Facebook.

Mientras tanto, sí hay una verdad indiscutible. La prensa y quienes vivimos observando lo que pasa a nuestro alrededor ya no tenemos el monopolio de la autoridad, de dictar lo que está bien y lo que está mal. Se puede discrepar del comportamiento de un político o del programa de un partido, pero lo que no debe hacerse es negarle su derecho al error y condenarle porque no coincide con lo que pensamos.

No podemos negar a los demás el derecho que nosotros algún día ejercimos al romper las barreras y los límites e ir más allá del horizonte. Y, aunque no se logre ir tan lejos como se esperaba, habrá valido la pena intentarlo porque es un derecho generacional inapelable.

El problema es que la transición entre lo viejo y lo nuevo se está haciendo con descalificaciones y no con consensos. La verdad es la verdad, como la física es la física y la ley de la gravedad establece que la manzana cae al suelo, aunque hay brujos que aseguran que también puede ir hacia arriba. Sin embargo, muchos —dejando de lado las brechas generacionales— sabemos que las manzanas siempre nos han caído en la cabeza.

En estos tiempos, la política y la sociología nadan en un mar de confusiones, la más importante la del sentido común. Por una parte, hay medios que creen encarnar la verdad y se atreven a ir en contra de la nueva realidad y, por otra, hay políticos que son capaces de asegurar que son mentiras hasta las verdades demostrables.

En este ocaso de los sistemas de expresión tradicionales, no hay que olvidar que la sensatez de un editorial no puede competir con la dictadura de los 140 caracteres y que siempre hemos mantenido que los pueblos, como las ballenas, tienen derecho al suicidio.

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